Sólo vende el que de verdad quiere vender

Sólo vende el que de verdad quiere vender

Como te ven, te tratan (¡y a las propiedades también!)

-¡Alto, policía! –me dice un cuarentón uniformado, de bigote tupido y con un arma en la mano derecha tras tirar abajo la puerta del departamento en el cual estaba. Ok, en realidad abrió la puerta con llave y no sé qué es lo que dijo, pero mi adrenalina me hizo escuchar esa frase de película de acción y ver a la puerta volar por los aires destrozada. Rebobinemos.

Primera propiedad que me encargan vender (en un gran acto de fe por parte del propietario dado que, aún, no sabía lo que estaba haciendo): una oficina en Tribunales apta para vivienda old-school, con baño y cocina pintados de fucsia. Paso el miércoles, de ambo azul y camisa blanca planchada, a presentarme con el encargado para que me conozca. Buenísima onda. Le aviso que pasaría el sábado a hacer las fotos.

El sábado me toca, como siempre, fútbol en una cancha frente al hospital Garrahan, en el límite exacto entre Parque Patricios y Constitución. Almuerzo con mi hermano y un amigo. Dado que la oficina de Tribunales nos queda de paso para tomarnos el bondi, les propongo ir a hacer las fotos de camino al partido. Los tres, en cortos y con camisetas de fútbol gastadas, encaramos el viaje.

Como casi todos los sábados, no hay nadie en Tribunales. Llegamos al edificio: el encargado sí estaba. Nos saluda. Lo saludamos. Doy por sentado que me reconoce (¡tres días antes había ido a presentarme y a avisarle que pasaría a hacer las fotos!). Subimos los tres en el ascensor plateado. Entramos en el departamento con las llaves que me había dado el propietario. Saco la Nikon. Empiezo a hacer las fotos.

En ese momento ocurre la escena con la que comencé el capítulo. Junto con el policía, irrumpe un hombre pequeño. Con el ceño fruncido, se para enfrente mío, a escasos cinco centímetros.

-¿Quién sos? me pregunta.
-¿Quién sos vos? –contraataco, intentando que no se me note la adrenalina. –Yo soy Santiago, de la inmobiliaria. Vine a hacer fotos del departamento por pedido del dueño.
El señor, aún acompañado por el oficial de la Federal, ya no me mira tan amenazantemente. Da un paso hacia atrás. El ceño fruncido se va desarrugando.
-¡Ahhhh! –se le llega a escuchar.

Su padre, el dueño del departamento, no le había avisado que lo había puesto en venta. El encargado del edificio, al ver a tres desconocidos de short entrar al 4° C, no dudó en avisarle al hijo –con quien tenía relación más cercana que con el padre–y a la policía.

El hijo, ya calmo, llama a su padre frente a mí. El padre le confirma que la propiedad se había puesto en venta y que el corredor inmobiliario elegido era, efectivamente, un pibe joven, llamado Santiago.

Nunca más fui mal vestido a ningún lado. Aunque vaya al medio del desierto donde la probabilidad de cruzarme con un cliente es bajísima, igual me calzo traje o ambo, reloj, zapatos lustrados, cinturón y maletín en cuero del mismo tono, medias de vestir y lapicera de acero inoxidable en la solapa. Las apariencias son importantísimas. A mí siempre me pareció ridículo gastar dinero en ropa. Estaba equivocado. Desde que me empecé a vestir bien 24×7, nunca más me fue a buscar la Policía a ningún lado. Es como la armadura para los caballeros medievales. Con ella siento que puedo entrar a cualquier lado sin dar explicaciones a nadie. Todos, por default, confían en alguien bien vestido.

Entonces, ¿sos corredor inmobiliario? Está siempre de punta en blanco. Si crees que aún no te lo podés permitir, hacelo igual. Obligate. Como en todo, la posta es “fake it till you make it” (fingilo, hasta que lo seas). Pero si sos “dueño vende” también es importante la apariencia. Vos sos tu propiedad. La puesta en escena resulta fundamental para la propiedad también aplica para vos mismo. Aunque no quieras, el potencial comprador proyecta en tu imagen en quién se puede convertir él si adquiere tu propiedad.

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